El espacio metafórico de Esposa

El espacio metafórico de Esposa

Le hemos echado un buen vistazo al primer álbum de Esposa, un grupo afincado en Santiago de Compostela aunque sus miembros proceden de diversos lugares de Galicia.

Fotografía: Mar Catarina

Hace ya unos meses que con motivo de nuestra incursión entre los grupos participantes en el #GPS8 tuvimos ocasión de descubrir a Esposa, un cuarteto gallego formado por Mar Catarina —también componente de Chicharrón— y María Villamarín a los teclados, Xacobe González a la guitarra y Cibrán Tenreiro a la percusión. Xardín interior (Prenom, 2017) es su primer álbum pero no su primera grabación, un lugar que correspondería al EP Señor de (autoeditado, 2016). Sin embargo, las cuatro canciones contenidas en él han sido regrabadas para su inclusión en Xardín interior, dejando atrás parte de la crudeza primigenia de la banda para explorar otros espacios sonoros.

Ya desde los primeros compases de «Madreperla» la música de Esposa suena acogedoramente familiar, gracias al sonido más que limpio de la guitarra y al timbre rasposo del órgano sintetizado. Por supuesto, no es este el único registro de una banda que coquetea con las sonoridades jangle, muestra debilidad por los tempos más bien rápidos y es capaz de emplear dos sintetizadores sin correr el riesgo de que a nadie se le ocurra tildarla de electrónica. Pero hay otros aspectos inusuales en la variedad de pop cultivado por Esposa, a los que ellos mismos aluden al afirmar que «quitan cosas para no tener la tentación de usarlas». Esto se traduce en una instrumentación limitada mediante reglas de juego autoimpuestas, consistentes en prescindir del bajo y reducir la percusión a un kit de batería tan mínimo que carece de bombo.

Este tipo de obstáculos escogidos por uno mismo a menudo funcionan como un interesante acicate para la creatividad pero, ¿es eso lo que ocurre en el caso de Esposa? La ausencia de buena parte de las bajas frecuencias que estamos acostumbrados a escuchar acentúan el carácter cristalino de Xardín interior, sin que en ningún momento suene anémica o falta de energía gracias al mullido colchón proporcionado por los sintetizadores. Es casi inevitable que la guitarra asuma un rol primariamente rítmico, con las melodías circunscritas a los momentos en que arpegia en lugar de rasguear. Así, son los teclados y las voces quienes han de encargarse de la mayoría de tareas melódicas, algo que se ve potenciado por el hecho de que ninguno de los miembros de la banda se arrugue al tener que desempeñar tareas vocales. Sus letras tratan temas diversos aunque mis preferidos quizá sean momentos como los recogidos en «Aquí», al apuntar a un cierto hastío vital que se expresa en los versos «comendo cada día a mesma bolsa de patacas / que nunca acaba». Además de la canción que le presta su título, en Xardín interior también podemos encontrar canciones tan interesantes como la delicada «Sabe a limón», una versión de «Vaciada» —tema del desaparecido grupo vigués Fantasmage— o «Festa no camiño», probablemente la canción más especial de un álbum cuya accesibilidad no impedirá que crezca con cada una de las posteriores escuchas que le dediquemos.

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