Promotor de conciertos: deporte de riesgo

Promotor de conciertos: deporte de riesgo

Existe una cruel realidad: el riesgo natural con el que vive un promotor de conciertos. Contamos en varias líneas cómo sufrir y alegrarse apostando por la música emergente.

Dedicarse a la música es un deporte de riesgo. Sea a tiempo parcial o a jornada completa. Forme parte de tus rentas a final de mes o se alimente de ellas. Ensayos e incomprensión por parte de tus más allegados (y vecinos). Idas y venidas por tiendas de primera y segunda mano en busca de la pedalera deseada. Kilómetros en tu furgoneta con el maletero cargado de instrumentos y el cuerpo lleno de miedo. Dormitar en hospedajes de mala muerte o salir con nocturnidad de vuelta a casa para evitar gastar más dinero del deseado. Una vida emocional inestable. Igual que les ocurre a los promotores.

Estamos acostumbrados a escuchar a los músicos y al público quejarse sobre sus inexistentes derechos, la discutida presencia de las tiqueteras o la falta de apoyo real por parte del Estado, Comunidad o Ayuntamiento de turno. Sobre las burbujas festivaleras y los carteles calcados que parecen vivir en el día de la marmota. Y, sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar en la labor del promotor. Será que una lo vive de cerca (aquí la media naranja de Proyecto Waikiki).

Proyecto Waikiki - Fotografía: Aída Cordero
Proyecto Waikiki – Fotografía: Aída Cordero

Para muchos, el promotor es esa persona odiada por llevarse un porcentaje excesivo por presentarse como mediador entre salas y grupos musicales. Una figura prescindible y mirada con lupa igual que ocurre con las citadas tiqueteras, los representantes o los agentes de comunicación. Pero esta abundancia no está presente en el entorno emergente, un territorio de supervivencia. En este subterráneo, la promotora ejerce de secretaria de dirección y durante meses de antelación se encarga de la búsqueda de una sala que reúna las condiciones adecuadas para el evento: una localización céntrica, un alquiler digno (¿eso existe?), un rider profesional y un técnico de garantías. Sin olvidarse de una fecha que se aleje de conciertos similares, competiciones deportivas o festivales urbanos, la última moda. Después llega el momento de rastrear el mercado de bandas locales (o no) en base al gusto personal, su estilo musical o el número de público activo que aparentemente mueven. Una vez cerradas las condiciones con las propias bandas, es el momento de la promoción, un autobombo de redes sociales y presencia en medios cercanos (los grandes están muy atareados moviendo a los mismos nombres y sellos discográficos de siempre) para intentar rascar nuevos públicos potenciales. Y es entonces, cuando crees que está todo a favor, cuando empieza la cuenta atrás y las entradas no se venden al ritmo que crees. Esperas a los últimos días porque sabes que el ser humano es de comprar en el último momento, pero nada. Bueno, te dices, quizás opten por comprar en taquilla. Y te lanzas al vacío en las últimas horas en un cara o cruz que nunca sabes en qué canto caerá. La adrenalina. El esprint final. La gran hostia. Ese conducir sin frenos que te hace replantearte si merece la pena continuar con ello.

Cuesta abajo y sin frenos.

Ser promotor en la música emergente supone asumir ciertos riesgos que continuamente sobrevuelan tu mente como buitres en busca de carroña. Cansancio físico y mental. Compaginar tu trabajo real con tu actitud de agitadora cultural. Cargar a tus espaldas responsabilidades con las bandas y salas. Cumplir lo pactado desde el primer momento y dejarse la piel en que cada concierto sea un éxito. Un éxito que a veces no aparece y cede su puesto al fracaso. Ese ser demoníaco que te incita a tirar la toalla y dejar que la jauría subterránea se devore entre ellos. Entonces, recuerdas que no te metiste a promotora por dinero. Que tus razones eran culturales. Que la escena ha de seguir activándose y que las bandas emergentes necesitan de esa mano amiga que les haga el inicio del camino más fácil. Contar con un apoyo que sólo les pida hacer lo que mejor saben: disfrutar sobre el escenario. Esas caras agradecidas merecen toda nuestra atención aunque ser promotora siga denominándose como deporte de alto riesgo.

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