Lanzadera #38: Trepàt, divino y profano

Lanzadera #38: Trepàt, divino y profano

Trepàt ha publicado uno de los grandes discos de 2020: Canción divina. Treinta minutos de pop electrónico y atmósferas oscuras.

Después de cinco años de sequía, Trepàt presentó el pasado mes de marzo Canción divina (Miel de Moscas, 2020), su último largo. En la industria musical, no publicar en un lustro equivale a batallar ante la desmemoria del público como si se partiera de cero. Pero la banda granadina es harina de otro costal. Un animal fantástico en una época repleta de repeticiones ante el espejo. El quinteto se ha decantado por esperar a que su material estuviera a la altura para volver a llamar a nuestra puerta. Y el resultado no ha podido ser mejor.

Trepàt continúa siendo difícil de clasificar, resultando ésta una de sus mayores virtudes. Su localización en Granada, esa fértil tierra, complica el juego como ocurre en los estadios de los equipos pequeños. Salir de la zona de confort era lo complicado y el quinteto nunca ha tenido reparos en reinventarse en cada nueva publicación. Sin fijar la atención en la herencia musical nazarí, Trepàt podría ser el alumbramiento que nacería de los encuentros carnales entre El Columpio Asesino, Pulp, The Smiths y Mihassan. Un nacimiento que se encuentra en sus años más lúcidos y que resume su experimentada juventud en Canción divina.

Canción Divina trata sobre lo efímero. Los excesos nocturnos. Los ibuprofenos matutinos tras gloriosas noches. Autoestimas superadas a base de cubatas, acercamientos y encuentros en la tercera fase en una cama ajena o propia. Lo superficial y lo necesario. Sentirse sólo en la discoteca mientras se busca incansablemente con quien compartir catre (y lo que se tercie). Trepàt hablan de todo ello a ritmo de electrónica y pop sin sobrepasar la línea que convierte el lirismo decadente en una patochada adolescente. Cada palabra es acertada, cada estribillo repetido, también. Tanto que la escucha ordenada de Canción divina origina en la mente la sensación de encontrarse ante unos textos tan profanos como religiosos. Treinta minutos de credo mientras se revisan los principios del sadismo o se busca el match en la app correspondiente. Treinta minutos de mantras para perdonarse de las debilidades de la carne.

Canción Divina empieza con «Power», canción que parece sonar en la cabeza de Bárbara Lennie mientras acude a la casa de la sierra en Magical Girl. Su centro de gravedad va aumentando mientras los sintetizadores se mimetizan con la industrial batería. Estas atmósferas oscuras, ya presentes en sus anteriores trabajos, tendrán su contrapeso en temas luminosos como «Explosión» o la propia «Canción divina», dos de sus mejores oraciones: su melodía y letras definen qué significa el POP. El baile de bares por las calles del centro seguirá su estela de luces y sombras con cortes como los electrónicos «Moverse» y «Peligro», ejemplos de cómo Trepàt se sienten cómodos siendo testigos y cronistas del comportamiento humano tras convertirse la carroza en calabaza. Los granadinos, a través de sus oscuras atmósferas y sus melodías pop, convierten el blanco en negro, lo puro en banalidad. El agua en vino. Trepàt no son los nuevos Mesías de la música; por suerte sólo son ellos mismos: el grupo que ha publicado uno de los mejores discos en el año de la anomalía.

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