Solo Girls Festival: la cultura no siempre es segura

Solo Girls Festival: la cultura no siempre es segura

Ofrecemos una no-crónica del reciente Solo Girls Festival, celebrado en la plaza de toros de Soria el pasado 18 de julio.

Durante el último año y medio no he asistido a demasiadas veladas de carácter musical, a pesar de la ubicuidad de eslóganes como #CulturaSegura animando al público a retomar sus antiguas costumbres. La realidad es que tardé casi un año en decidirme a regresar a una sala de conciertos y desde aquel primer reencuentro que tuvo lugar el pasado mes de febrero solo he asistido a seis eventos más: no muchos, teniendo en cuenta los dos o tres espectáculos semanales que solía presenciar en lo que casi siento como una vida anterior. Sin embargo, las medidas de seguridad adoptadas por el conjunto de salas han hecho mucho por despejar mis reticencias, pese a lo descafeinado de la experiencia resultante y la práctica desaparición de la dimensión social del acto de asistir a un concierto, dotado ahora de una nueva liturgia.

Mi razonable adaptación a estas nuevas circunstancias hizo que no estuviera preparado para los acontecimientos del pasado domingo 18 de julio en el Solo Girls Festival, celebrado en la plaza de toros de Soria. La programación original consistía en As Bruixas, Melenas y Hinds, si bien la presencia de estas últimas había sido cancelada días atrás debido al positivo en COVID-19 de tres de sus componentes, con la banda madrileña siendo reemplazada por Cariño. Habida cuenta de las actuales circunstancias sanitarias, las medidas de seguridad en la entrada al recinto eran las de esperar, añadiéndose una prescriptiva toma de temperatura a la consabida ablución con gel hidroalcohólico. Sin embargo, tras acceder al ruedo no tardé en descubrir que se había producido alguna incidencia con el sistema de venta de entradas y las localidades que habíamos elegido en el momento de la compra ya habían sido asignadas a otros asistentes. El incidente se solucionó a costa de ser reubicados en unos asientos distintos de los adquiridos, algo que encontré particularmente molesto tras haber sufrido un sistema de venta tan restrictivo que la compra de localidades solo se permitía en grupos de dos, forzándonos a adquirir cuatro entradas para tres asistentes.

Este detalle, sumado a otros como la inexplicable presencia de latas de cerveza en manos de algunos miembros del público o la imposibilidad de realizar pagos mediante tarjeta dentro del recinto —a pesar de las recomendaciones de la OMS en este sentido— son temas relativamente menores que podría estar dispuesto a pasar por alto. Sin embargo, apenas iniciado el evento cierto número de asistentes comenzó a tomarse la obligatoriedad del uso de la mascarilla como una sugerencia, retirándosela no ya para beber, sino para hablar y hasta para fumar, haciendo caso omiso de la asignación de asientos, bailando y permaneciendo de pie en grupos. No había ningún miembro de la organización a la vista y las funciones del personal de seguridad parecían limitarse al control de accesos, por lo que la situación se exacerbó hasta que, ya iniciada la segunda actuación, decidí localizar a alguien a quien exigir que se velara por el cumplimiento de la normativa en aras de la seguridad de todos los presentes.

La solución adoptada fue apostar al pie del escenario a un par de personas que reclamaban a los miembros del público que se colocaran bien las mascarillas y que ocuparan sus asientos, aunque los espectadores más contumaces reincidían en cuanto la persona que les había llamado la atención volvía la vista a otro lado. Un miembro de la organización debió percatarse de la futilidad de tales medidas y nos ofreció reubicarnos nuevamente, a lo que accedimos. Pero nuestra atención ya no podía estar en la música y la extrema despreocupación exhibida por muchos de los asistentes y alimentada por la dejación de funciones por parte de la organización hicieron que optáramos por retirarnos, no sin antes solicitar que se nos facilitaran unas hojas de reclamaciones. Se nos hizo entrega de un formulario fotocopiado en una única página y que en absoluto se trataba del modelo oficial, que cuenta con múltiples hojas de papel autocopiativo. Valoramos entonces la posibilidad de solicitar la presencia de la policía local para dejar constancia de este hecho —no contar con hojas de reclamaciones no solo es un desprecio absoluto al consumidor, sino que constituye una infracción administrativa—, pero finalmente decidimos no escalar aún más la situación y presentar nuestra reclamación con posterioridad.

Me desconcierta que algo así pueda suceder en un contexto como el actual, con los festivales recientemente celebrados en Catalunya sirviendo como ejemplo de las consecuencias que puede acarrear la laxitud en la aplicación de la normativa vigente; por no mencionar la advertencia que debió suponer la sustitución a última hora de la banda que encabezaba la programación a causa de la COVID-19. En el cartel del Solo Girls Festival figuran de manera prominente los logotipos del Ayuntamiento de Soria, la promotora Asalto Sonoro y la plataforma de venta de entradas Wegow: a estas entidades me dirijo al expresar lo que considero mi legítimo malestar producido por los hechos objetivos relatados más arriba.

Solo Girls Festival 2021

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